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Apertura del Curso de las Reales Academias. Real Academia de Medicina

06 de octubre de 2016

Discurso

Majestad:

Vuestra presencia en el solemne acto de “Apertura de curso de las Reales Academias” evidencia el riguroso ejercicio de la atribución constitucional que la Carta Magna os confiere en el artículo 62j como el compromiso permanente que la Corona viene suscribiendo con todas las manifestaciones de la cultura en España.

Si su Majestad, el Rey Felipe VI, nos honra con la Presidencia este Acto, creo que a nadie pasa desapercibido el hecho de que justo detrás de esta mesa presidencial se encuentre un Retrato de Felipe V.

Y fue precisamente, bajo el amparo de la Monarquía representada por Felipe V cuando surgieron, en los albores del siglo XVIII, las Reales Academias. Impulsadas en su origen por la Monarquía recién instaurada, e inspiradas en el espíritu de la Ilustración que recorría Europa, hoy, bajo el Reinado de SSMM, la aportación con la que siguen contribuyendo a la cultura española las ocho Reales Academias agrupadas en torno al Instituto de España, continúa siendo de una gran relevancia.

Hoy celebramos este acto en esta centenaria sede de la Real Academia de Medicina por lo que quiero expresar mi gratitud a nuestra anfitriona por el recibimiento que nos dispensa.

Las Reales Academias son de las instituciones vivas, orientadas a la conservación, el desarrollo y transmisión de un legado de conocimiento fruto de una sucesiva y excepcional concentración de talentos, de una sabiduría forjada en el estudio, la investigación, la experiencia y la especialización profesional.

Hoy las Academias forman parte plena de nuestra realidad cultural y social, porque han contribuido, a lo largo del tiempo, a la articulación de la vida intelectual nacional, perteneciendo, por ello, a ese sistema de vigencias sobre el que tanto reflexionó Ortega.

Las Academias son el lugar donde se concita el reconocimiento de acreditadas trayectorias profesionales y docentes cuyo cursus honorum desborda el marco del prestigio social y se adentra en los predios de un superior prestigio moral acentuándose con él su contenido cívico y ejemplarizante ante la sociedad.

Porque ser académico no es sólo una merecida distinción o un gran honor, es, sobre todo, una tarea.

En torno a las actividades de la Academia, eminentes pensadores de diferentes disciplinas, en el ámbito de su libertad intelectual y de pensamiento, reflexionan, indagan, investigan, deliberan y debaten sobre los problemas de nuestro tiempo.

Además es costumbre adquirida el que las distintas administraciones públicas, empezando por el Gobierno, recurramos al asesoramiento de las Academias aprovechando su conocimiento y experiencia. En la tarea de sumar esfuerzos para reforzar y avanzar en la continuidad del proyecto nacional que venimos desarrollando desde 1978 es muy útil contar con instituciones que son fuente de conocimiento y de valores como los que representan las Academias.

La diversidad y creciente complejidad de un mundo globalizado que se transforma a gran velocidad por el impulso del cambio tecnológico y digital, y que, al mismo tiempo, afronta distintas graves crisis de notable intensidad, deja una estela de incertidumbre, de inseguridad, que implican un cierto desasosiego ante el futuro.

No debemos cohibirnos ante el miedo al fracaso. Decía un personaje de Charles Dickens que “Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender”. Sólo se pierden las batallas que no se dan. Una vida noble es una vida poblada de honrados intentos. Sólo intentándolo nuevamente, con innata ilusión, podremos obtener “la fecundidad constructiva“ de la que nos hablaba el académico D. Julián Marías.

Pero los grandes avances científicos, técnicos o tecnológicos solamente pueden ser fuertes si su raíz se nutre de valores permanentes.

Cuando se constituyeron las Reales Academias, agrupadas en torno al Instituto de España, llama la atención la coexistencia de los saberes científicos y específicos que distinguen a algunas academias con los saberes humanísticos que expresan los rasgos propios de las otras.

Esta simbiosis entre el desarrollo técnico y el conocimiento de los contextos históricos o socio-políticos en que se producen aquellos es extremadamente útil.
En un mundo que demanda mentalidades globales, hay que tener sentido de la historia para poder analizar con profundidad cada uno de los acontecimientos que se van produciendo sin caer en el derrotismo determinista.

Todo ello, que es materia propia de las Humanidades, otorgará mayor precisión y hondura a la naturaleza de nuestros conocimientos técnicos. Es verdad que el grado de desarrollo de las sociedades, demanda una especialización creciente en los conocimientos, pero estos se empobrecen y ensombrecen la idea de progreso si no van acompañados de una interpretación del contexto en el que se producen.

Y no sólo eso: en una sociedad como la actual, el ser humano necesita hacerse preguntas, encontrar el sentido de las cosas, estimar los valores permanentes que han permitido que la sociedad, con errores y aciertos, avance y progrese. El ser humano necesita volver a “pensar en grande”. Porque como decía Baltasar Gracián “Que importa que el conocimiento avance, si el corazón (el alma) se queda”.

Hoy en esta sede de la Real Academia de Medicina, al reivindicar la necesidad de fortalecer la cooperación entre Ciencias y Humanidades quiero hacer uso del ejemplo de tres grandes españoles, sabios, patriotas y humanistas que se enfrentaron a los retos de su tiempo e hicieron una gran aportación a la cultura y a la educación nacional.

Me estoy refiriendo a D. Santiago Ramón y Cajal que ocupó el sillón número 38, de esta Academia en la especialidad de Histología. A D. Gregorio Marañón Posadillo que ocupó el sillón número 26 en la especialidad de Medicina Preventiva y Social y a D. Pedro Laín Entralgo que ocupó el sillón número 24 correspondiente a la Historia de la Medicina.

Todos ellos fueron excelentes profesionales de la Medicina pero, a la vez y por eso, la altura de su espíritu y su preparación intelectual les impulsaba a formalizar un compromiso generoso y responsable hacia la resolución de los graves problemas nacionales.

En sus respectivas trayectorias, la máxima de Terencio de “Nada de lo humano me es ajeno”, tiene reflejo en su antropocentrismo que entiende al hombre, como “medida de todas las cosas”. Esta visión se complementa con un sentido transcendente del ser humano que le otorga un último significado a sus actos. Su fe en el ser humano, su optimismo último sobre los problemas que le afectan les permitieron afrontar desde su conciencia humanística los problemas de su tiempo y no dudaron de aceptar el reto de Horacio en sus Epístolas “Sapere Aude“ (Atrévete a Saber).

En sus escritos y actividades públicas siempre mostraron un vivo interés hacia la Educación. La Educación constituía, para los hombres de aquella generación, la prioridad esencial para un programa de regeneración nacional porque sabían que este es el mejor instrumento político para hacer realidad la igualdad de oportunidades y obtener el máximo grado de progreso social.

Hoy la Educación es nuevamente “la cuestión nacional” y en su satisfactorio encauzamiento se juega España su futuro. Creo que en muy amplios sectores sociales se siente la necesidad de llegar a un “Pacto Nacional por la Educación” que dé estabilidad y certidumbre al modelo educativo que precisamos para progresar como Nación en el Siglo XXI.

Para ello es necesario sacar a la Educación del conflicto y llevarla al consenso, construido este con la aportación y el compromiso de toda la Comunidad Educativa (profesores, padres, alumnos y directores de Centros) y de todas las instituciones políticas y sociales concernidas en el proyecto de la mejora de la calidad educativa dejándola al margen de vaivenes circunstanciales y de coyunturas temporales y políticas.

Así lo creen las Reales Academias, que por medio de la Junta Rectora del Instituto de España, en su reunión del pasado mes de Febrero se manifestaron a favor de un “inaplazable“ Pacto de Estado por la Educación. Quiero agradecer la firmeza y la claridad en la fundamentación de su petición, de tan relevante institución en favor de este Pacto Nacional.

Hoy, en medio del torbellino de azarosos maremágnums, también necesitamos, evidenciar el compromiso de todos con el futuro de España y éste pasa por mejorar la calidad de nuestra educación desde una visión de Estado. Hoy es el tiempo para la claridad de ideas, para las decisiones fundadas en la perspectiva del futuro sin nostalgia por un tiempo ya desvanecido, de mirar lejos estando a la altura de una nueva circunstancia histórica.

Como dijo D. Miguel de Cervantes, cuyo IV Centenario estamos conmemorando este año, “Al buen hacer jamás le falta premio”.

Muchas gracias por su atención.

Íñigo Méndez de Vigo y Montojo
Ministro de Educación, Cultura y Deporte

 

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